¿Alguna vez te has despertado sobrecogido y asustado tras haber sufrido el terror de una pesadilla? Y, sin duda, que bien te habrás sentido cuando inmediatamente compruebas que tan sólo ha sido eso, una simple pesadilla. Es cierto que a veces las “simples pesadillas” son lo que caracterizan nuestro descanso por estar viviendo una pesadilla en nuestra propia vida o porque hemos pasado por una experiencia traumática que puede catalogarse como de pesadilla.La victoria de Jesús sobre el mundo fue consumada en la cruz. Allí, en el monte Calvario, suspendido entre el cielo y la tierra, Jesús venció al pecado y a la muerte. Si analizamos la victoria de Jesús podemos darnos cuenta de algo muy importante. Él ha conseguido la victoria sobre dos factores generadores de pesadillas por antonomasia: 1. El pecado; y 2. La muerte (ver Romanos 8:3; 2ª Timoteo 1:10). Y tuvo que vencerlos enfrentándose a ellos y experimentando en su propia carne sus efectos devastadores. El apóstol Pablo nos dice que “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:21). Es decir, Jesús se sometió voluntariamente a la peor pesadilla que un hombre pueda experimentar para que la humanidad pueda soñar.
¿En qué consistió esa pesadilla? Jesús enfrentó el pecado: la burla, el rechazo, el menosprecio, el ridículo, la soledad, la calumnia… enfrentó el deseo egoísta de gloria y riqueza… enfrentó el deseo de vivir una vida independiente de Dios y el poder que ese deseo innato ejerce en nuestras vidas y que se manifiesta dando forma a la “república independiente de mi mente”, y todo para saber como poder ayudar a aquellos que puedan estar pasando por pesadillas similares. Por eso, Él y sólo Él “es poderoso para ayudar a los que son tentados” (Hebreos 2:18).
Por otro lado Jesús enfrentó y experimentó la muerte, la verdadera muerte, la muerte eterna. La Biblia nos habla de dos muertes: la primera muerte es la que todos tarde o temprano tenemos que sufrir y a la que Jesús denominó como de “sueño” (véase Juan 11:11-14), y la segunda muerte, que corresponde a la muerte eterna en sus consecuencias y que se contrapone a la vida eterna (ver Apocalipsis 20:6; Juan 5:28-29). La muerte de Jesús en la cruz nos libera de la segunda muerte. Es evidente que la muerte de Jesús no nos libra de la primera muerte: los creyentes siguen muriendo todavía en este mundo. Por lo tanto nos libra de la segunda muerte, es decir, de la muerte eterna (ver Hebreos 2:9). ¿Cómo puede ser esto así si él resucitó al tercer día? Porque la muerte eterna tiene que ver más con la experiencia que con un estado, aunque, lógicamente, la segunda muerte no dejará de ser un estado permanente e irrevocable. La segunda muerte, entonces, consiste en decir adiós a la vida y ser consciente, antes de perder la conciencia, de que ese adiós es definitivo. Jesús pasó por esta experiencia que nadie jamás, desde que el mundo es mundo, ha experimentado.
¿Podemos comprender en qué consistió la pesadilla de Jesús? ¿Podemos darnos cuenta de que sólo él puede solucionar las pesadillas que podamos estar sufriendo? ¿Podemos apreciar que nuestras pesadillas son temporales? Jesús nos ha librado ya del imperio de la pesadilla, es decir, del imperio del pecado y de la muerte (ver Hebreos 2:14, 15), y muy pronto podremos constatar esta sublime realidad cuando todos aquellos que murieron en Cristo proclamen: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu aguijón?” (1ª Corintios 15:55).
Lo increíble de todo esto es comprobar como muchos nunca comprendieron el amor de Dios manifestado en la cruz, o de lo contrario nunca hubieran impuesto su fe, nunca hubieran asesinado a aquellos que no creían, nunca hubieran hecho vivir a sus semejantes una brutal pesadilla, porque nunca se hubieran comportado como verdaderos “animales” de presa.
Nunca dejes de acudir al pie de la cruz, porque allí encontrarás a Cristo, el amor de Dios. Y mientras te encuentras al pie de la cruz, permite que tu mente sea capaz de visualizar a Jesús ofreciéndote su sueño: perdón, paz, restauración, sabiduría, eternidad… amor.











